sábado, 16 de agosto de 2014

Volver a los 17, después de vivir un siglo: Nicanor llegará a sus cien años para suplir en parte esa vida de su hermana Violeta que no pudo completarse‏

CULTURA | POR:

Revista Qué Pasa, miércoles 13 de agosto de 2014

El hermano-padre

El mayor de los Parra Sandoval asumió tempranamente ante sus ocho hermanos un rol que combinó la disciplina, el sustento y, en ciertos casos, una fundamental guía creativa. Con Violeta y Roberto esa inspiración resultó de ida y de vuelta.

© Archivo fotográfico Roberto Parra
Hay un sueño recurrente, describe el libro La poesía de Violeta Parra, de Paula Miranda, en el que Nicanor Parra vuelve a enfrentarse a la hermana que tuvo más cerca en vida, y de la que no ha llegado a desunirse tras su muerte.

“Nicanor sueña con un pasaje oscuro en que Violeta, subida en una escalera de caracol que da al vacío, lo llama desde arriba, extendiéndole su mano y diciéndole: ‘Tito, mátate, vente conmigo, allá atrás ya no queda nada’. La sensación es de total desamparo para él, que nunca se ha atrevido a tomar la mano de su hermana en aquel sueño. Pero Violeta ha permanecido con esa mano extendida, acompañando a su hermano durante todos estos años”.

El magnífico estudio de Paula Miranda (ver recuadro) ha venido este año a dar nuevas pistas sobre el vínculo entre el antipoeta y la más talentosa de sus hermanos, claves que se suman a las otras muchas desperdigadas hasta ahora no sólo en biografías y crónicas, sino también en la obra y hasta en las entrevistas de ambos creadores. En sus décimas autobiográficas, escritas entre 1957 y 1958, Violeta cuenta que fue Nicanor quien la instó a dos decisiones relevantes en su trayectoria: la de mudarse de Chillán a Santiago y la de dejar por escrito su vida (“fue grande sorpresa mía / cuando me dijo: ‘Violeta / ya que conocís la treta / de la versá’ popular / princípiame a relatar / tus penurias a lo pueta’”). Hubo muchas otras esferas de influencia, por supuesto, aunque no sólo en una dirección. Si la autora de “Gracias a la vida” llegó a afirmar que “sin Nicanor no habría Violeta Parra”, el poeta también ha espetado sentencias elocuentes:

-¿Que cómo me defino yo? -toma vuelo en una entrevista de 1993 con El Mercurio. Y concluye: 

-Como un hermano de la Violeta Parra.

Los lazos de inspiración y trabajo envolvieron en varios momentos a Nicanor con sus hermanos músicos, y se tensaron no pocas veces en una disciplina paternal entendible en su jerarquía de mayor de nueve (Nicanor, el padre, murió cuando el futuro Premio Cervantes tenía 16 años). Fueron lazos especialmente firmes entre él y Violeta, pero extendidos también -y al menos- con la cuequera Hilda (1916-1975), con el famoso Roberto (1921-1995), y con el cantor y hombre de circo Eduardo (1918-2009). A este último, el conocido “tío Lalo”, las condiciones que le impuso Nicanor para mantenerle la beca en el Internado Barros Arana -“dejar el canto y las guitarras”- se le volvieron insoportables. Pasar intencionalmente del mejor al peor rendimiento de su curso fue el modo que acordó con Violeta para ser expulsado y así poder volver con ella a la música.

-Nicanor se quería morir con todo esto -recordaba Lalo en una vieja crónica para The Clinic-. Me acuerdo que dijo, resignado: “Aunque es contra mi voto, éste será el futuro de ustedes, vean bien lo que están haciendo”.

Lo cierto es que, con los años, Nicanor Parra se volvió un enamorado del talento musical de sus hermanos; en parte por una afición personal por el canto y la guitarra que sólo conocen sus cercanos, pero que ha sido constante y aplicada. Las dotes de Roberto en la cueca lo hacían a veces exasperarse con el total descuido que éste mostraba ante la posibilidad de darles algún tipo de cauce a sus geniales composiciones “choras” y a su “jazz guachaca”. Por años, Nicanor y Violeta se empeñaron en que el evidente talento de Roberto tuviera registro, incluso si para ello debían esconderle (o prodigarle en un estudio de grabación) las botellas de vino con las que solía acompañarse. 

Dos papeles manuscritos fechados en 1983 y firmados por Nicanor Parra (fotografiados para el libro Roberto Parra. La vida que yo he pasado) son prueba de ese entusiasmo. En uno: “¡hay que hacerlo! / por las niñitas / y por el país / grabar toda la música de Roberto Parra”. El otro: “Yo creía que el genio de la familia era Nicanor / hasta que conocí a la Violeta / claro que hoy me quedo con Roberto”.

Es probable que esa preferencia puntual entre sus dos hermanos de mayor talento -y que ha sido oscilante, hay que decirlo- proviniera entonces del entusiasmo gigantesco que en él produjo la lectura de las décimas que luego dieron forma a La Negra Ester. En el prólogo a la primera edición (1980), Nicanor Parra escribe que, con ese texto, “Roberto se sitúa -cuando menos- a la altura de sus hermanos mayores. Lo que no es poco decir, ¡caramba!”, y establece una división interesante entre Violeta/campo, Nicanor/ciudad y Roberto/bajos fondos (“en el barrio chino de la palabra hablada, al margen de toda convención policial o académica. Por favor no se le exija cédula de identidad ni RUT”). Nicanor supo ver en Roberto una viveza de lenguaje y una perspicacia de cronista que lo azuzó a dejar por escrito, no sólo en La Negra Ester (ver recuadro), sino también en lo que terminó siendo el peculiarísimo Vida pasión y muerte de Violeta Parra, publicado este año por editorial Tácitas. El mayor le sugiere al bohemio que escriba sobre su hermana muerta. Tres hermanos imbricados en un legado sin par.

“Brindo dijo un sacristán / por el arpa y la guitarra / brindo por Nicanor Parra / esto es saber brindar / de la cordillera al mar / tiene amoreh el poeta / todo Chile está de fiesta / celebremoh el cumpleañoh / por este rey soberano / sin bastón y sin muleta”.

Pueden rescatarse ahora esas “Décimas a Nicanor Parra”, escritas alguna vez por su hermano Roberto. Mucho antes de los cien.

    

                                                                                                           ***

Eduardo Parra junto a su hermana Violeta en los años 30.

“Del momento en que llegué / mi pobr’ hermano estudiante / se convirtió en un instante / en pair’ y maire a la vez”. 

Padre y madre, dice Violeta Parra en sus décimas autobiográficas al referirse al hermano al que llamaba Tito. También tutor, guía literaria, crítico, consejero y, hasta cierto punto, albacea (es Nicanor quien conserva la última carta redactada por la artista). “La Viola y yo somos la misma persona / Sí: / no me tomen en serio pero créanmelo”, escribió el antipoeta, y la idea la ha repetido -con variantes- en entrevistas. En sus conversaciones con el académico Leonidas Morales (recién reeditadas por Ediciones UDP), Nicanor describe lo que considera la comunicación “morfogenética” entre Violeta y él, “a través de la mirada, a través del tono de voz, a través de la expresión corporal. Éramos prácticamente una sola persona. O sea, bastaba con que yo estudiara algo para que eso automáticamente pasara a propiedad de ella, sin necesidad de que yo se lo mencionara”.

La voz de ambos se conserva en la grabación de “Defensa de Violeta Parra” (un poema-homenaje que suele confundirse con un obituario), que Nicanor recita y Violeta acompaña con voz y guitarra en el LP Recordando a Chile. Violeta Parra (Una chilena en París) (1965). El disco La cueca larga (1960), en tanto, une los textos de Nicanor y la música de Violeta Parra (con recitación de Roberto Parada). Hay otras huellas del trabajo entre los hermanos también en el libro Cantos folclóricos chilenos, que detalla los encuentros con cantores de las cercanías de Santiago. Era Nicanor el primer convencido del valor de ese registro in-situ como inspiración para una posterior autoría cuando la artista aún era conocida como cantora popular de boleros, rancheras y cuplés hechos por otros.

-Musicalmente, sentía que mis hermanos no iban por el camino que yo quería seguir y consulté a Nicanor, el hermano que siempre ha sabido guiarme y alentarme -explica Violeta Parra en una entrevista de 1958-. Yo tenía veinticinco canciones auténticas. Él hizo la selección y comencé a tocar y cantar sola. Después me exigió que saliera a recopilar por lo menos un millar de canciones. “Tienes que lanzarte a la calle -me dijo-, pero recuerda que tienes que enfrentarte a un gigante, Margot Loyola”. 

Lecturas importantes entregadas por el hermano mayor que ayudaron en la formación poética de Violeta Parra, según testimonios: Antología de la poesía vulgar chilena, de Rodolfo Lenz; Romances populares y vulgares, de Julio Vicuña Cifuentes; y, por supuesto, Martín Fierro. “Yo le estaba dando tareas siempre”, ha dicho él.

Hay más anécdotas de la relación entre ambos en el nuevo libro Nicanor Parra. La vida de un poeta, de Sabine Drysdale y Marcela Escobar, y seguirán surgiendo con venideros testimonios. Más velada y ardua es la tarea de analizar cómo Nicanor y Violeta se influenciaron poéticamente entre sí. Es un vaivén probablemente inabarcable, de sinuosidad única en el arte chileno, mutado pero no interrumpido con ese balazo en la Carpa de La Reina de febrero de 1967. Violeta había visitado a Nicanor en su casa el día anterior. A él, a Tito, le cantó la última canción que le cantó a otro. “La última de la última”, confirma el poeta. 

“Un domingo en el cielo”, sátira festiva del paraíso, sellará el pacto de alianza entre ambos más allá de la muerte, escribe Paula Miranda. El texto manuscrito de “La cueca de los poetas”, trabajado por ambos para el disco Las últimas composiciones, abre el ya citado libro de esa académica. La caligrafía de Nicanor Parra es distinguible, y también los versos que avanzan hasta un cambio inesperado -capital- en el remate: “Corre que ya te agarra / Violeta Parra”. 

El hermano mayor no sólo ha puesto a la aprendiz en el cánon de los más grandes de nuestra poesía. También ha creído justo cederle a ella el puesto que antes ocupaba él: “Ella es la verdadera poeta de la familia”.
CATALINA ROJAS: "SIN NICANOR NO EXISTIRÍA LA NEGRA ESTER"
La cantautora y viuda de Roberto Parra considera al poeta alguien cercano, sumamente generoso y con quien se siente en total confianza. Él le dice “doña Cata”, y ella reconoce una influencia absoluta en las conquistas creativas de su esposo.

-Para La Negra Ester Nicanor fue vital, pero vital. Roberto hizo como veinte décimas, y ahí quedaban. Nicanor le decía: “Tenís que ponerle más personajes. Cuenta quién estaba ahí, pero sin salirte del tema”. Y Roberto volvía con otras veinte, y él leía y decía: “¡Aaaaah! ¡Pero qué barbaridad!”, así como con gesto de éxtasis. Y le pedía otras más. Leer eso lo hacía feliz, feliz, feliz. Así fue saliendo La Negra Ester. Sin Nicanor, la obra no existiría.

-Lo dirigía.
-Nicanor fue importante para disciplinarlo. Roberto leyó repocos libros en su vida, pero por sugerencia de Nicanor leyó el Martín Fierro y El Quijote... Le decía: “Tenís que leer a Nietzsche”. Y Roberto le respondía: “Pero si no entiendo a esa gente...”. Así estaba todo el tiempo: dándole consejos, explicándole cosas. Y el Roberto... lo que le decía Nicanor lo hacía.

-¿Qué crees que buscaba Nicanor con esas lecciones?
-Ayudarlo. Lo quería mucho. Mira, ellos dos... es que no he visto a nadie en la vida que se quieran tanto. Yo tengo diez hermanos, y nunca he querido tanto a un hermano como ellos se querían. Pero si se amaban. A veces, se ponían a bailar charlestón juntos. Roberto era muy tierno con él. Le decía “mi hermano-padre”. Él le daba a Nicanor, y Nicanor también le daba.

 -¿Recuerdas que hayan hablado de poesía?
-Sí, claro. Pero Nicanor le decía: “Tú no eres como yo. Tú sigue en tu lenguaje”. A veces, Roberto hablaba y Nicanor tomaba nota. Lo sé porque lo vi. Yo te diría que Roberto no es nada, pero nada, sin Nicanor. Es una relación que a mí me conmueve totalmente. A su velorio en la iglesia San Francisco, Nicanor llegó helado, blanco. Y después nos dijo a mis hijas y a mí: “Tienen que venir a verme, porque voy a sufrir mucho”. En su casa se la pasaba escuchando los discos de Roberto. Una vez llegamos y estaba bailando solo, y nos dijo: “Pucha que me cuesta estar sin Roberto. Yo no sé cómo se puede vivir sin él”. Y se le caían las lágrimas.
PAULA MIRANDA: "LA AUSENCIA-PRESENCIA DE VIOLETA ES EN ÉL MUY FUERTE"
La profundidad de La poesía de Violeta Parra (Cuarto Propio, 2014) no es sólo evidente en la calidad de su análisis, sino también en el rigor de su método. La especialista en poesía chilena Paula Miranda, académica asociada de la Facultad de Letras de la Universidad Católica, calcula que escribir el libro le tomó veinte años. Sucesivas entrevistas con Nicanor Parra fueron parte de ese proceso.

 -Yo creo que él tiene una influencia fundamental en estimular la creatividad incesante de Violeta. Está allí con su consejo y apoyo para que recopile la tradición, pero también le transmite su espíritu anti. Es muy interesante el cambio que se produce en Violeta después de Poemas y antipoemas (1954): recopila y compone cuecas, pero a la par compone sus anticuecas; escribe sus décimas, aunque transgrede mucho de esta tradición y además compone “centésimas” (género inexistente antes de ella); compone el ballet El Gavilán, cuya música es inmensamente experimental y deconstructiva. De ahí, a la composición de sus creaciones más plenas y originales, hay sólo un paso. Yo creo que lo académico (en el sentido de su condición de investigadora) y lo experimental poético le vienen a ella, en primer lugar, de Nicanor.
-A la vez, ¿crees que la obra de Violeta ha influenciado la poesía de Nicanor? ¿Cómo?
-Creo que sí. Comparten, de partida, una infancia hiperestimulada artísticamente y hay entre ellos mucha sinergia. En los inicios de la obra de Nicanor hay fuertes marcas de las vertientes populares de las que bebe Violeta: el romance, la cueca, la décima, los refranes y dichos populares, la lira popular. Nicanor está también muy influido por la música de su propia familia, y la de otros. Hoy asegura que es la cueca el discurso poético más perfecto (me regaló hace una semana un CD con cuecas “apianás”, con las que está fascinado). Pienso, y aquí propongo sólo una hipótesis, que la mayor influencia en él ocurre después de que Violeta nos deja. La ausencia-presencia de Violeta es en él muy fuerte, tanto así que pareciera ser que Nicanor llegará a sus cien años para suplir en parte esa vida que no pudo completarse (esta idea me la sugirió el poeta Raúl Zurita). Su poesía después de 1967 se hace más sintética, hablan libremente otras voces, hay más musicalidad y libertad en la expresión, aparecen sus Artefactos, está mayormente desplegado su discurso social y crítico… Creo que hay una revisión fuerte de su propuesta poética y antipoética después de la partida de Violeta, pero éste es un tema que habrá que estudiar más en profundidad.

viernes, 15 de agosto de 2014

El hombre imaginario volvió a sentir el placer (¿aquel placer imaginario?) de estar delante de una audiencia‏

La vida de un poeta

La próxima semana llega a librerías Nicanor Parra. La vida de un poeta(Ediciones B), biografía que reconstruye, detalladamente, la vida del autor de Poemas y antipoemas. Acá publicamos un extracto del capítulo "Parra, marca registrada", acerca de su vínculo con los negocios.


Francisco Valenzuela es un exitoso ingeniero, presidente de la filial chilena de una compañía de seguros francesa. Es joven y brioso. Por su trabajo, pasa casi más tiempo arriba de los aviones que con los pies sobre la tierra. Tuvo su primer encuentro con Nicanor Parra no recuerda hace cuántos años. Dice que pueden haber sido diez o más, cuando por casualidad y acompañando a un amigo, entró a una de sus clases en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile. 

Cuenta Valenzuela:

Me pareció súper gracioso. Me carga la poesía, no se me pasaría por la mente comprarme un libro de poesía, pero él me pareció un huevón súper interesante. Años más tarde, cuando esta compañía cumplía diez años, iniciamos unos ciclos donde tratábamos de hacer cosas distintas con nuestros clientes: gerentes generales y comerciales de bancos y casas comerciales. Venía a Chile, además, el presidente de la compañía (…). Entonces, mi idea era que la conferencia la diera Nicanor Parra. Me consiguieron su teléfono, lo llamé, le dije que quería hacerle una propuesta y me dijo que pasara el jueves al mediodía a su casa (…)

No me fue tan fácil encontrar la calle Lincoln. Nunca había estado en Las Cruces. Debo haber llegado tipo una. Me abre la puerta la señora que trabaja con él, me hace pasar y él está sentado en una silla. Toma un lápiz y escribe: “¿Mediodía?”. 

Yo me río.

-Puta, disculpa, pero para mí mediodía es mediodía más o menos.

-Mediodía son las doce.

-Bueno, más vale tarde que nunca.

Yo, probablemente porque estaba pensando en que venía atrasado, no me puse a pensar en que iba a hablar con este tipo tan importante, sino que para mí era el huevón del que había leído los libros, de hecho lo huevonié. 

Me hizo sentar y nos reímos mucho. Hablamos dos horas de todo tipo de estupideces. Hablamos sobre que los humanos somos súper parecidos y debiera ser súper fácil saber lo que le pasa a los demás. Es verdad, somos todos iguales, me dijo él, pero hay unos que son más verdes que otros. Me invitó a almorzar arrollado y vino tinto. Después pasamos al living y me contó una historia sobre Nixon. Una introducción para decirme:

-Al igual que Nixon, soy un hombre de negocios. Veamos a qué es lo que viniste.

-Me he leído todo lo que has escrito, me parece que eres una persona increíble y que te conocen mucho menos de lo que te deberían conocer. Me encantaría que la gente con la que hacemos negocios te pudiera conocer, que dieras una conferencia.

-Una conferencia de qué.

-De lo que tú querái. Si querí hablái en contra de quien sea, o a favor de quien sea. Yo lo que quiero es que te conozcan. Quiero que estís una hora, que lo pasís bien y que contí lo que tú querái.

-Yo soy súper caro.

Me contó que por un aviso de la leche de treinta segundos en la televisión le habían pagado veinte millones de pesos.

-Y tú quieres una hora, esta cuestión te va a costar bastante cara. A mí no me interesa que me conozcan.

-Yo creo que la gente te debería conocer.

-Shakespeare fue conocido años después de muerto. Jesús es importante una vez que muere. Por qué yo voy a pretender que me conozcan en vida. Yo por esto no te cobro menos de cincuenta millones de pesos.

-Cómo tanta plata, hueón.

-Ustedes son una compañía francesa.

-Déjame pensarlo.

Me debo haber ido a las cinco de la tarde, pensando: No, no me voy a gastar cincuenta millones en este viejo. A la semana lo llamo por teléfono. Sabe qué, don Nicanor, me gustaría ir a verlo para conversar. Tengo que ser súper sincero. No es que diga que es caro, probablemente habría que pagarle mucho más por lo que vale, pero nosotros no tenemos la plata para hacerlo.

-Estoy abierto a que me propongas otra cosa que podamos hacer en conjunto.

-Déjame pensar y voy a volver.

Quedamos en seguir conversando. Yo ya había ido cuatro veces a conversar con él, porque él me dijo que cuando quisiera podía pasar.

-Mira, hagamos diez sesiones donde tú estás delante de la gente, cinco o seis personas, o hacemos algo con veinte personas, y si quieres contratamos a Cristián Warnken para que te entreviste.

-Olvídalo, no hay ninguna posibilidad, olvídate de Warnken. No estoy dispuesto a hacer esto con ningún periodista. Lo que te propongo es que esto lo hagamos aquí, en mi casa, no tengo ningún problema en tener quince huevones escuchando. Estoy dispuesto a hacerlo pero contigo conversando al lado.

Finalmente lo que hicimos es que lo pasábamos a buscar a su casa y lo llevábamos a un lugar cerca. Una vez fuimos a la viña Matetic. Fue un almuerzo con seis huevones que no lo conocían y fue súper simpático. Él es muy gracioso contando historias, es muy extrovertido cuando está cómodo. Podía hablar de la farándula y a los cinco minutos pasar a la historia de la física o a la poesía. Debemos haber hecho unos cinco almuerzos. No me acuerdo cuánto cobró pero no fue mucha plata. Yo siempre lo iba a dejar a su casa, nos quedábamos conversando y me hizo dos o tres veces el comentario de que volvió a sentir el placer de estar delante de una audiencia.

Fuimos desarrollando una relación de amistad. Una cosa que me sorprendió es que al poco tiempo me ofreció una casa que él tiene en Isla Negra. Me dijo: Yo a mis amigos se las presto. Y a mí que me dijera eso lo encontré increíble. Cuando estoy con él, me preocupo de cortar el teléfono porque tiene la persecución de que lo vayan a grabar y utilizar. Le tiene tirria a los periodistas, pero todo lo que escriben de él lo guarda y te lo muestra.

Una vez lo llamaron unos argentinos que querían hacer una película con él. Contestó el teléfono y les dijo: Nicanor Parra no está, pero sus cosas personales las ve su manager, Francisco Valenzuela. Me llamó el argentino y me dijo que había hablado con Julio Soto, el asistente de Nicanor, y le dijo que las cosas que tienen que ver con televisión las vea conmigo. Llamé a Nicanor y le dije: Huevón, en qué estái, porque yo tenía claro que no había un asistente. Él le toma el pelo a todo el mundo. O una vez lo llamaron de una publicación francesa, querían algunos de sus poemas y él me pidió que yo le negociara cuánto le iban a pagar. Fueron varios favores. Me plantearon con la Colombina que querían organizar una especie de fundación donde pudieran guardarse todos sus escritos porque a él le hace sufrir la pérdida de sus cosas escritas. Tiene más de doscientas cincuenta cartas de la Violeta Parra. Tiene miles de escritos y la preocupación de que se pierdan. De hecho hay cosas que las ha perdido porque se las han sacado. Pueden sacarle un cuaderno y venderlo en doscientas lucas. A algunos familiares le importan más las doscientas lucas que lo que Parra haya podido escribir. Pero yo dije: Armar una fundación en vida de alguien que tiene hijos, es pelearse con todo el mundo. Es súper jodido.

Él no gasta nada y tiene mucho guardado. Tiene mucha confianza en la Colombina. Es la puerta de entrada a Nicanor Parra. Cuando yo hablé la primera vez con él, lo conversó con la Colombina y a ella le pareció bien. La segunda vez que fui a hablar con él, la Colombina también fue. A él le da tranquilidad que la Colombina le apruebe las cosas. Creo que ella se va a quedar a cargo de todo lo que tiene su papá, porque probablemente es la que más lo valora desde la perspectiva del arte y la poesía. Siente que sus otros hijos han estado mucho más alejados, aunque él los adora. Nicanor sabe mucho de música y dice que Barraco debe ser uno de los mejores tocando la guitarra, y él no es de alabar mucho a sus hijos.

Yo, cuando le pregunto, me cuenta. Nunca me ha pasado que le haya hecho una pregunta y se haya cerrado, pero tengo claro que nunca le preguntaría por la historia con la Ana María Molinare. Una vez él me mencionó su nombre. Cuando habla de ella, sufre, le duele. En uno de esos almuerzos contó y se emocionó, se quebró. 

Mi trato con él es más con la persona que con el poeta. Yo lo siento como un abuelo y le he tomado mucho cariño. Lo llamo por teléfono y me pregunta por mis hijos, me pregunta por mi señora y sabe su nombre. Se acuerda de lo que le conté hace seis meses y me lo pregunta. Me habla de sus hijos, de su nieta. Está medio sordo y lo acompaño un rato. A mí me entretiene, me hace ver las cosas un poco distintas.

Un pedagogo discontinuo (entre la condición inasible de cualquier conocimiento y la claridad de la lengua con que se enuncia dicho problema

Revista Qué Pasa, miércoles 13 de agosto de 2014

La risa

Es fácil leer a Parra como un humorista, aunque ése quizás sea su gran engaño. Desde Poemas y antipoemas hasta Hojas de Parra, desde susArtefactos hasta los Discursos de sobremesa, el humor de Parra es cualquier cosa menos humor. 
© Marcelo Segura
En 1982, Nicanor Parra publicó un pequeño volumen llamado Poema y antipoema a Eduardo Frei. Construido en dos partes, si en la primera (el poema) presentaba una elegía sobre el mandatario fallecido, en la segunda (el antipoema), el texto explotaba, disgregándose hasta volverse una versión torcida del sentido obituario que parecía componer. Parra recordaba a Frei desde la parodia, poniendo en suspenso cualquier homenaje, convirtiendo aquella despedida en una escritura urgente e inevitable. “Dios lo tenga en su Santo Reino / y que descanse en paz naturalmente/ cómo se le ocurre que no”, anotaba Parra sobre Frei y es imposible no preguntarse si se estaba burlando del muerto, como si ocupase el papel de Fool, el bufón del rey Lear. Por supuesto, al final todo quedaba en manos del lector. En el poema, la interpretación era un acto democrático y el monumento era carcomido por la duda, acicateado por ese presente de 1982 que agrietaba cualquier aplauso cerrado, cualquier fe ciega.

Anoto eso ahora, a días del cumpleaños número cien de Parra, porque aquello es lo que me hace releer su obra; esa condición inquietante de una literatura que se resiste a sus propios clichés y sabotea, una y otra vez, cualquier idea preconcebida que se tenga de ella. Quizás porque quien la redacta es un pedagogo discontinuo, cuya lección es enfatizar justamente la contradicción entre la condición inasible de cualquier conocimiento y la claridad de la lengua con que se enuncia dicho problema. Ahí, todo humor, toda transparencia, es una trampa. 

Porque la literatura de Parra es tristísima y desde hace un rato es imposible verla como otra cosa que no sea una meditación sobre cómo funciona el lenguaje y hasta dónde es posible tensarlo y destruirlo, para construirlo de nuevo: “La poesía es el arte de sacarle el jugo a un idioma”, anotó en un artefacto. Desde ese lugar, es fácil leer a Parra como un humorista, aunque ése quizás sea su gran engaño. Desde Poemas y antipoemas hasta Hojas de Parra, desde sus Artefactos hasta los Discursos de sobremesa, el humor de Parra es cualquier cosa menos humor. Es violencia y vacilación del sentido (“yo rompo con todo”, anotó en otro artefacto), algo que proyecta la sensación de estar dudando de cualquier posibilidad épica, algo más cercano a la amargura y a la violencia, a la desesperanza. De hecho, nada más basta pensar en esos poemas (“Los 4 sonetos del Apocalipsis”, que aparecen en Hojas de Parra, de 1985) donde todas las letras han sido reemplazadas por cruces como para ver algo desolador e intolerable, como si el chiste cediese a un espacio terrorífico. En ese texto ilegible, Parra es el último hombre de pie, el sepulturero del siglo, y el poema es lo que está bajo las cruces, eso que jamás vemos pero que nos conmueve porque ahí radica el sentido de su obra, su habilidad y su condena: el poema es un cementerio, la literatura es el arte de lo inconsolable. 

Vuelvo al texto sobre Frei. En él está la prefiguración exacta de las imágenes de los presidentes de Chile que Parra colgó el año 2006 en el Centro Cultural La Moneda y que ahora se exhiben en la exposición Voy y vuelvo, en la biblioteca que lleva su nombre en la UDP. Cuando lo hizo por primera vez, Parra tenía más de noventa años. No era un punk adolescente sino alguien que avanzaba hacia cumplir un siglo de vida. Desde cualquier punto de vista, lo más conmovedor de la instalación era que hacía que la transgresión pudiese ser leída como un testimonio de la memoria afectiva de la república. En esa memoria, lo único que quedaba en pie eran esos retratos de cartón como simulacros de monumentos, como caricaturas de la historia, que repetían quizás algo que Parra había traducido de Shakespeare, apropiándoselo hasta convertirlo en su propia voz: “Moriré con la sonrisa en los labios / Como un novio ataviado para la boda. / Veréis con qué jovialidad / Acérquense acérquense. Soy rey. / No lo sabían los señores presentes?”. 

Con eso, con esa instalación de cuerpos falsos que se llamaba El pago de Chile, Parra sugería que había que pensar su obra desde la meditación que hacía sobre el poder. Porque a Parra le interesa el poder. Le interesa saber cómo funciona, cómo su lenguaje se dobla y se quiebra, cuándo deja de funcionar. No en vano, tanto el Cristo de Elqui (esa voz alucinada suelta por el territorio) como el Lear, habían sido dejados a la intemperie del mismo, ambos máquinas parlantes que reproducían los discursos rotos de un universo acosado por la sensación de pérdida de cualquier sentido comunitario; gracias a un lenguaje violentado a tal punto que -a pesar de su claridad y cercanía aparentes- se volvió un objeto distante de sí mismo, una parodia monstruosa capaz de amarrar su propio universo del desconsuelo, esa geografía zurcida entre la sorna y la precariedad.

Porque Parra siempre estuvo ahí enseñándonos aquello incluso a pesar de sí mismo. No recordamos un mundo sin él, como sí lo hacemos con Neruda o Huidobro, con Mistral o Juan Emar. Para muchos de nosotros todo poema es un antipoema; no podemos distinguir una cosa de la otra, lo mismo que no podemos distinguir entre su obra literaria y su obra visual, entre sus discursos y las anotaciones sueltas de sus cuadernos y objetos encontrados. De este modo, nuestra percepción de la literatura y el arte se funda en la belleza de una contradicción que no se presenta como tal, en una paradoja cuyo sentido emerge de manera turbia, pero también inconsolable como una sola gran escritura sobre el tiempo y el paisaje. Aquello está en su obra completa, ese lugar hecho de ruinas, construido con los despojos de la historia pues se arma desde la insistencia en construir un mundo de escombros y combatir la melancolía de lo perdido, como si no le quedase más que convertirlo todo en una bitácora de la catástrofe. Pero aquello, en vez de lucir apocalíptico, bien puede ser una utopía sentimental del siglo XX. Ahí su voz es la de un fantasma vivo, la de un rey viejo abandonado en el páramo. 

Ahí Parra ríe. Y la risa no es risa: ese páramo es Chile.

Anónimos artefactos

A principios de los 70, el artista Juan Guillermo Tejeda recibió la siguiente propuesta: diseñar la nueva obra de Nicanor Parra, Artefactos, una serie de textos breves y explosivos que irían acompañados de imágenes. Tejeda aceptó sin dudarlo. Aquí cuenta cómo fue trabajar en esas postales que se convirtieron en una de las obras más reconocibles de Parrint



Más de cuarenta años después de haber diseñado o dibujado la primera edición de los Artefactos de Nicanor Parra -en un formato de caja conteniendo más de 200 postales, que vio la luz a principios de 1972-, sigo aún saliendo de a poco del anonimato, explicando mi participación. Artefactos fue una obra un poco anónima, la verdad, desde sus inicios y por diversas razones, y quizá sea ése y no otro su destino.
Para comenzar, la personalidad creativa de Nicanor Parra no encajaba en ninguno de los dos bandos en los que se dividió miserablemente el país en esos años, y no tanto por motivos crudamente políticos, sino porque su habla, la de la tribu como a él le gusta denominarla, había entonces pasado a segundo plano para dar paso a una jerga o marxistizada o imperializada, que se concentraba más en derribar al adversario que en entender -por ejemplo- el paso del tiempo o las debilidades humanas de los habitantes de este cachureo andino. Su visión pop o callejera o cotidiana de la existencia tendía más a la crónica poética que a la poesía como arma de combate, y no es que Parra evitase tomar partido. Hostilizado por una izquierda moscovita, cercano al sentimiento de la gente entendida como pueblo o como clase media en dificultades, lo que fuese, mantenía una confusa posición antiallendista, quizás marxista, tal vez católica, o anticatólica, a la vez antinorteamericana y pronorteamericana.
No se ha escrito aún en Chile, como se hiciera en España (hay que ver los libros de Jordi Gracia), la historia de los artistas e intelectuales liberales durante los tiempos del enfrentamiento, que en la madre patria quedaron del todo expulsados de la escena pública, y es el caso de figuras como Unamuno, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, que terminaron casi todos ellos en el exilio o silenciados, sencillamente por no adscribir claramente ni a los comunistas ni a los fascistas.
Por lo tanto, como se dice usando un lugar común, no estaba el horno para bollos: no había entonces oídos ni ojos ni sonrisas para artefacto alguno, la ciudad estaba sumida en una guerrilla de marchas, escaseces, improperios, odios, balazos y por ahí siguió deslizándose en los meses sucesivos hasta desembocar el drama en el rudo e irreversible septiembre de 1973. El pop verbal de Parra no resultaba funcional ni para la izquierda ni para la derecha, unidas o vencidas o lo que fuese.
Sumado a eso, está mi propia participación en la obra, que consistió en darles forma física y visual a los textos de Nicanor Parra. Yo era entonces un ser anónimo, incluso un anonimizador, que lo que tocó lo apartó de la fama, y así he sido casi toda mi vida.
Sin embargo, pertenezco al mundo del arte, y por mis venas, imagino yo, corre la misma sangre que animaba en vida a Amster, a Nelson Leiva, a mi padre. Aunque se trate en mi caso de una sangre quizá menos espesa o de un color no tan fosforescente, sé que soy, como ellos, un crucificado, y que si no mana esa sangre desde mis heridas, no logro respirar.

“Artefactos” se publicó en 1972, por Ediciones Nueva Universidad, que pertenecía a la Universidad Católica.

Fue a principios de los 70 cuando Cristián Santa María -el ex cura con sonrisa de sátiro que oficiaba de editor de Ediciones Nueva Universidad, de la Universidad Católica de entonces- me ofreció diseñar una nueva obra de Nicanor.

A Cristián lo había conocido en la revista Desfile, creada por Genaro Arriagada. Él se ocupaba de la sección Cultura y yo del diseño. En esos años, Parra tenía un trato distendido con aquella Universidad Católica conducida por Fernando Castillo Velasco. 

Me llegó el ofrecimiento, entonces, y lo que le dije a Cristián fue que podíamos hacer, en lugar de un libro, una caja de postales para que los Artefactos circularan por los correos del mundo. Él aceptó. Mientras, Nicanor, que se había ido a los Estados Unidos, asentía vagamente y dejaba hacer. 

Recibí los originales de Nicanor garrapateados a mano, cada artefacto en una hoja. Trabajé mucho componiendo textos, recortando, pegoteando, dibujando, seleccionando grabados, semanas y meses, y mi nombre apareció al final bien pequeñito, citado en un texto de Cristián, dentro de un díptico con la foto del poeta que va en la caja, y que habitualmente se extravía. Yo gocé haciendo aquello que, más que un diseño, era para mí una acción de arte -es decir, un plácido sufrimiento o un doloroso goce- que me resultó una labor extremadamente sencilla y natural.

Mi acción de arte consistía en colocar los textos encendidos de Nicanor en mi ventilador visual, para que se dispersaran y siguieran, cada uno de ellos, su camino, su peripecia postal de mano en mano, de corazón destrozado en corazón destrozado. Y hasta hoy me enorgullezco de mis tipografías severas y de los grabados antiguos y de los dibujos o collages inexpertos que puse en los Artefactos, así manaba anónimamente mi sangre de oro, y así tejía también yo, como tantos otros de mi tribu artística, el interminable mimbre del arte.

Es curioso, pero con Parra no hablé sino al cabo de veinte años, en los noventa. Entonces fui varias veces a su casa en La Reina, conversábamos acerca de la eventualidad de una segunda edición, pero también de muchas otras cosas o incluso de nada: es un muy buen conversador, sabe escuchar y sabe hablar, tiene un sentido del tiempo, del reposo del tiempo. Y yo ahora soy muy parriano, aunque encuentro que si le dieran el Premio Nobel sería una mala señal, no puedo creer que esos suecos lo lleguen a entender jamás, porque el lenguaje de la tribu no soporta traducciones ni estandarizaciones. Igual podrían ser sabrosos unos artefactos o un discurso dedicados a esa extraña Academia.

Del resto del anonimato de los Artefactos se encargó el vicealmirante Jorge Swett Madge, nombrado rector delegado por los militares. Junto a su pro-gran canciller, monseñor Jorge Medina, Swett condujo durante doce años los destinos de la Pontificia Universidad Católica. Una de las primeras medidas dictadas por él fue ordenar la requisición de los Artefactos, y las cajas quedaron mucho tiempo en una bodega de la Casa Central, hasta que desaparecieron. 

Finalmente, puede agregarse que la poesía artefáctica de Parra está concebida para el anonimato, un anonimato popular en todo caso. Cada cual puede ilustrar o diagramar o escribir o comentar a su modo un texto parriano -yo fui sólo un comienzo-, porque ésa es la vocación de esos textos: no la de establecer la última palabra o la única palabra, sino más bien abrir conversación, plantear o modular un tema. Así como el poeta recurre al habla de la tribu, el destino de cada uno de sus epigramas es ir a dar al incesante torrente de ese hablar y ese manar de sangre, al tejido y destejido de los cuerpos que constituye nuestra existencia colectiva, el ser de la especie.