lunes, 11 de noviembre de 2013

PARRA

Un interloquio en escarabajo con Parra
por Verónica Foxley
Revista Cosas, 28 de octubre de 2013

La chispa es su tierra.
La brillantez, su dominio.
Los "artefactos", sus juguetes 
y el mar… el compañero
de su vida asceta.

Tiene 99 años y está lúcido. Fuerte.

El antipoeta no da entrevistas,
a menos que le paguen 
en millones de dólares.

A cambio, 
ofrece salir a pasear
en su escarabajo.

Este es el relato de una antientrevista.

Mediodía en Las Cruces.

Un hombre de casi 100 años
está parado frente a un destartalado
Volkswagen escarabajo color gris.

-Ven. Súbete conmigo. Date la vuelta.

-¿Está seguro que se puede?

-Claro que sí.

El que habla es Nicanor Parra, 
antipoeta, Premio Cervantes,
mientras intenta abrir la chapa 
del auto estacionado en la berma.

El hombre tiene 99 años 
y quiere salir a pasear.

-¿Y si lo manejo yo? -le pregunto.

-¿Y sabes manejar estos autos?
Mira que los inventó Hitler.
Hitler dejó este recuerdo.

Le dijo a su gente que quería
"el mejor auto del mundo". 
¡Heil Hitler!"

-Sí, claro que puedo.

Toma las llaves, abre la puerta,
que cruje como lata vieja,
se sienta con cierta dificultad
en el asiento del conductor
e intenta dar con contacto
con la llave.

-Está trabajo.
Mira, camina por esta calle derecho.
Donde hay una escalera, baja y ahí,
en la primera casa que se ve al frente
vive Haroldo, uno de los que mueven
a la pequeña gigante.  Ese arregla todo.
Ese hace pestañear a la pequeña gigante.

-¿Así no más? ¿Voy y llamo?

-Sí. Anda.  Te espero acá.

Obedientemente, hago lo que dice.
Camino por la calle de maicillo,
veo la escalera y encuentro la casa.

Pero el hombre de la muñeca gigante no está.

Regreso.  Él sigue allí. 
Sentado como un avezado conductor
que sólo espera que le den la partida.

Tiene pantalones beige de cotelé,
un sweater del mismo color
con algunas leves manchas
y un gorro de lana
con el que cubre la cabeza.

Se lo saca y lo lanza
en el asiento del copiloto.
Su pelo está desordenado.
Es un hombre libre.

-No importa.  Esperemos que llegue la Rosita.

Rosita es la muchacha que lo atiende,
que le cocina, que cuida 
que nadie le robe sus creaciones.

La mujer, bajita
y de rasgos bien chilenos,
es también la que espanta
a los periodistas,
las que le dice que no
a cualquier petición de entrevista.

Es la guardiana de Nicanor.

"Ella es la moderadora.
Las preguntas se las hacen a ella", advierte Parra.

Es mediodía y Rosita viene llegando de San Antonio.
Fue a arreglar un reloj del antipoeta que se había detenido.

-¿Y pudo arreglarlo? -le pregunta.

-Sí, don Nicanor- responde la mujer.

El tiempo para el genio ha vuelto otra vez a funcionar.

-Rosita, ¿dónde están las llaves que funcionan? Éstas no le sirven.

-Yo se las traigo.

Minutos después aparece en escena con el llavero.
Parra lo recibe y el motor se enciende impetuosamente.

-Vamos.  Rosita, usted súbase también.

El día está luminoso,
el mar hace aspavientos de su belleza
y el poeta empieza a conducir.

Maneja bien, demasiado bien para su edad.
"Parezco de 88", bromea.

Lo cierto es que si no fuera por el reloj,
por el tiempo, por los años,
Nicanor Parra estaría listo para salir de fiesta.

Es un niño de 99 años
que conoce bien las ruedas del auto;
esas ruedas que con el paso del tiempo
se ha convertido en sus pies.

-Yo manejo.  Usted no va a poder manejar este auto. Yo le dije.

Están en lo cierto. Por más que intento,
el invento de Hitler tiene su artimaña.
Sólo consigo darle marcha atrás.

-Ya. Déjeme a mí.  Pero no podemos entrar
a la carretera. Usted se va para atrás.

Rosita se sienta a mi lado.

Fitipaldi Parra está al volante.
El escarabajo lo reconoce
y empieza a funcionar.

Es del año 95, 
de la Colombina,
su hija, su locura.

-¿Alguna mujer que le guste 
en el pueblo para ir a visitar?

-Esas son preguntas para un viejo verde. No para un asceta.

Hace años que Nicanor se retiró del mundo.
Quiso hacerse invisible y vivir como los ascetas,
que dedicaban lo que les quedaba de vida
a la contemplación y al silencio.

El auto ya está en marcha
y el conductor tararea 
una canción de "época", de amor, 
que él se apresura a llamar "kitsch".

“Ta ra ra ra li la… la ra la ra la”.

En realidad esa melodía 
es la que le cantaba su madre 
cuando era chico y que esta mañana 
él disfruta como si la tuviera al frente. 

Dice que está con ella desde la mañana hasta la noche.

—Por acá venden una casa. 
¿Veamos si ya se vendió?

—Hay un letrero… 
pero no dice que la vendan —le comento. 

—Ya. ¿Y?... ¿qué dice?

—Dice La Maisonette Nicanor Parra.

—Ah, ya están comercializando mi nombre. 

De repente, el auto que va a 40 kilómetros 
es seguido por una patrulla de carabineros.

—¿Será que nos van a detener? —le pregunto.

—Son amigos. 

Don Nicanor les toca la bocina para saludarlos. 

Luego los uniformados doblan por otra calle y desaparecen. 

—Ya pasé el examen de los carabineros —ríe. 

Continúa el periplo. 

—Tiene lindas manos, don Nicanor.

—Igual pascual. 

Toca la bocina y va saludando. 

Mientras, continúa tarareando. 

La gente lo mira, le sonríe. 

Algunos quedan hipnotizados 
viendo a este genio niño 
con las manos al volante. 

—Son amigotes —comenta. 

—Mañana entregan el Premio Nobel, don Nicanor.

—El Premio Nobel de lectura me lo debían dar a mí, 
que soy el lector ideal y que leo todo lo que escribo. 

Se detiene. Adelante hay una grieta enorme. 

—No es buena idea meterse por ahí, don Nicanor.

—El auto es mejor cuando lo maneja uno.
Usted calladita. 

—¿Por qué vive como asceta?

—Conteste esa pregunta Rosita —responde Parra. 

—¿Probó alguna vez la marihuana?

—Chhs… Rosita, conteste esa pregunta.

El conductor se ha paseado 
por las lindas calles de Las Cruces, 
ha saludado a sus vecinos 
y disfrutado de los colores del día.

Estaciona en su casa. Se baja. 

—¿Puedo entrar?

—Yo no doy entrevistas. 
¿Qué quiere usted? ¿De qué se trata?

—Hacerle una entrevista. 

—No. Yo no. Por eso me escondo. Me escuendo. 

—Entonces podemos conversar un rato y así hago una crónica.

—No. Mmm Mmm —dice meneando la cabeza.

—¿De qué quiere conversar?

—De usted, de su vida de asceta, de su salud.

—Yo bien. Muchas gracias. 
Después me distorsionan todo lo que digo. 

Hay que conseguir un magnate que financie esta conversación. 
Yo gratis no le trabajo “ni a mi paire”. 

—¿Me deja entrar un ratito?
—Bueno, pero yo no voy a hablar nada. 

—¿Y para qué necesita el dinero de un magnate?
—Para repartirlo —se ríe.

Avanza unos metros hacia el costado de la casa 
y cuenta que antes solía tenderse 
en un mueble de terraza de fierro blanco 
que está unos metros más abajo. 

Pero que ya no lo hace porque el sol quemó el colchón. 

También tenía cojines 
en las sillas del mismo material, 
pero ésos se los han robado. 

En realidad se los llevan, 
como un acto de saqueo poético. 

Todos quieren tener algo de él. 
Los sacan de recuerdo. 

El poeta nos hace entrar. 
La puerta de roble está rayada. 

Es obra de los graffiteros. 
Aparece en escena una gatita negra. 
También se llama Rosita. 

Al intentar ayudarlo a subir los peldaños, 
dice que no necesita apoyo.

—¿No le gusta que lo ayude una mujer?
—Un marica menos. 

—Lo van a acusar de discriminación…
—Eso sí, ahh… Y a mucha honra —bromea. 

El living de su casa es luminoso. 

Tiene dos mullidos sofás 
donde se tiende por horas a leer. 

Le gusta sentarse cerca del ventanal por donde entra el sol. 

Cuadernos, hay muchos cuadernos 
del tipo universitarios con sus escritos abiertos. 

La letra es la de siempre, grande. 
Sus anotaciones parecen dibujos.

En una pequeña silla 
hay una cruz de madera 
con un letrero que dice “Voy y vuelvo”. 

Soy un ermitaño. Un asceta —dice.

Actitud que interrumpe 
cuando lo visita la Colombina, “su guagua”.

—¿La extraña?

—Ese es un secreto. 

—¿A quién se parece?

—Schh, empezó el tiroteo. 

—No es tiroteo. 
Gracias por darme de su tiempo.

—Never mind. 

—¿Cómo es vivir con 99 años?

—Los viejos no tienen la más perra idea de nada. 
Pasó el momento. Ahora es el momento de los niños.

—¿Y no es que los viejos se van convirtiendo en niños?

—Esa es una pregunta shakesperiana. 
En Hamlet hay una referencia a los viejos: 
“Old men, twice a child”. 

—¿Usted se siente un niño?

—Ay, ay, ay.

—Pero usted es un niño que sabe mucho.

—Ese es un secreto.

—¿Cómo es ser un asceta?

—Hay que aprender de los que saben más, como las gallinas. 

Vivir con luz natural, acostarse temprano, por una Patagonia sin represas. 
Yo contesto preguntas, pero tiene que haber una torta arriba de la mesa. 

La “torta” es plata. 

Y este poeta dice que para que hable 
se le tiene que pagar en dólares, muchos dólares. 

Exactamente un millón. 

Y antes él tiene que verificar 
que el cheque tenga fondos, 
porque esto “no es hueveo”. 

—¿Es bueno para los negocios?

—Malo pues. Si por eso estoy aquí mirando el mar. 

—En un reportaje de La Tercera 
usted dijo que faltaban candidatas aborígenes. 

—Claro, la Guacolda y la Fresia. 
Faltan las dos candidatas aborígenes. 

La gringa Evelyn y la francesa Michelle 
están bien, pero faltan la Guacolda y la Fresia. 

—¿Hay espacio para que eso exista en Chile?

—Pase lo que pase, 
tienen que estar las dos candidatas aborígenes,
 aunque las derroten. Ese es un vacío que existe hoy en Chile. 

A continuación, Nicanor toma uno de sus cuadernos 
y muestra una pancarta que acaba de “recuperar”. 

—Esta es una pancarta 
para la revolución aborigen. 

PPD: Pipiolos, Pelucones y Díscolos. 

—Tampoco hay candidatos hombres.

—Ya está dicho en la frase anterior. Lo otro se deduce. 

El hombre se pone de pie.

—Rosita, ¿está abierta la pastelería?

—No, don Nicanor. Ahora la abro.

Nicanor camina hacia la pastelería, 
la pieza que está afuera de la casa 
que en realidad es su biblioteca. 

Rosita saca el candado y el poeta entra. 

Es el reino de los recuerdos, 
el lugar donde se dan cita 
los triunfos, las medallas y los amores. 

En la pared del fondo 
hay arpilleras de su hermana Violeta 
y un pizarrón con los dibujos 
que ha hecho su nieto “El Tololo” 
de París, de la torre Eiffel, 
las cortinas de la habitación 
fueron hechas por su mamá, 
“la mamá de Violeta Parra”, como él la llama. 

Hay libros, fotos de cuando era más joven 
y una cama de una plaza donde descansa a veces. 

—¿Quieres ver a la mujer imaginaria?

—Claro.

El poeta se agacha y levanta un cuadro 
con la foto de Ana María Molinari, 
la mujer que lo marcó y que lo llevó a escribir 
“El Hombre imaginario”, 
uno de sus antipoemas más lindos. 

La foto se la llevó de regalo hace unos años 
el hijo de la mujer, Matías Carvajal. 

—¿Usted todavía está enamorado de ella?

—¿Qué es eso de enamorado? 
Yo estoy enamorado de todas las mujeres bellas.

—Pero usted no es un viejo verde.
—Ahhh… puertas adentro no se sabe. 

—¿Es cierto que ese poema lo escribió con una pistola en su escritorio?

—Tengo pistolas en todos lados.

—¿Por qué no escribe la historia de la mujer imaginaria?

—Porque necesito a alguien que lo financie. 
Yo me sé de memoria cada una de sus palabras. Exactas. 

—¿Y ha pensado en alguien para financiarlo?

—En Leonardo Farkas. 
Podría hacer eso y también la traducción de Hamlet. 
Ese sí que es un proyecto.

Y tiene razón. El poeta lleva 40 años 
traduciendo al dramaturgo inglés. 
Se lo sabe de memoria. 
Y empieza a recitarlo en inglés con la voz impostada 
y con los diálogos declamados como si estuviera en un teatro. 

Tiene toneladas de hojas con la traducción. 

—Si Farkas lo financia le pongo esta dedicatoria: 
“A Farkas, príncipe del Renacimiento. 
Firmado: Hamlet, príncipe de Dinamarca”.

Es hora de almuerzo. 

El poeta deja la foto de la “mujer imaginaria” en el piso 
apoyada contra una pared y da por concluida la visita. 

—Como ésta no es una entrevista, 
voy a tener que publicar 
una crónica sobre este encuentro.

—Ay, mujer… a los 100 años 
me has hecho trabajar gratis. 

Gracias. Chao. Chao.

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