viernes, 15 de agosto de 2014

Anónimos artefactos

A principios de los 70, el artista Juan Guillermo Tejeda recibió la siguiente propuesta: diseñar la nueva obra de Nicanor Parra, Artefactos, una serie de textos breves y explosivos que irían acompañados de imágenes. Tejeda aceptó sin dudarlo. Aquí cuenta cómo fue trabajar en esas postales que se convirtieron en una de las obras más reconocibles de Parrint



Más de cuarenta años después de haber diseñado o dibujado la primera edición de los Artefactos de Nicanor Parra -en un formato de caja conteniendo más de 200 postales, que vio la luz a principios de 1972-, sigo aún saliendo de a poco del anonimato, explicando mi participación. Artefactos fue una obra un poco anónima, la verdad, desde sus inicios y por diversas razones, y quizá sea ése y no otro su destino.
Para comenzar, la personalidad creativa de Nicanor Parra no encajaba en ninguno de los dos bandos en los que se dividió miserablemente el país en esos años, y no tanto por motivos crudamente políticos, sino porque su habla, la de la tribu como a él le gusta denominarla, había entonces pasado a segundo plano para dar paso a una jerga o marxistizada o imperializada, que se concentraba más en derribar al adversario que en entender -por ejemplo- el paso del tiempo o las debilidades humanas de los habitantes de este cachureo andino. Su visión pop o callejera o cotidiana de la existencia tendía más a la crónica poética que a la poesía como arma de combate, y no es que Parra evitase tomar partido. Hostilizado por una izquierda moscovita, cercano al sentimiento de la gente entendida como pueblo o como clase media en dificultades, lo que fuese, mantenía una confusa posición antiallendista, quizás marxista, tal vez católica, o anticatólica, a la vez antinorteamericana y pronorteamericana.
No se ha escrito aún en Chile, como se hiciera en España (hay que ver los libros de Jordi Gracia), la historia de los artistas e intelectuales liberales durante los tiempos del enfrentamiento, que en la madre patria quedaron del todo expulsados de la escena pública, y es el caso de figuras como Unamuno, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, que terminaron casi todos ellos en el exilio o silenciados, sencillamente por no adscribir claramente ni a los comunistas ni a los fascistas.
Por lo tanto, como se dice usando un lugar común, no estaba el horno para bollos: no había entonces oídos ni ojos ni sonrisas para artefacto alguno, la ciudad estaba sumida en una guerrilla de marchas, escaseces, improperios, odios, balazos y por ahí siguió deslizándose en los meses sucesivos hasta desembocar el drama en el rudo e irreversible septiembre de 1973. El pop verbal de Parra no resultaba funcional ni para la izquierda ni para la derecha, unidas o vencidas o lo que fuese.
Sumado a eso, está mi propia participación en la obra, que consistió en darles forma física y visual a los textos de Nicanor Parra. Yo era entonces un ser anónimo, incluso un anonimizador, que lo que tocó lo apartó de la fama, y así he sido casi toda mi vida.
Sin embargo, pertenezco al mundo del arte, y por mis venas, imagino yo, corre la misma sangre que animaba en vida a Amster, a Nelson Leiva, a mi padre. Aunque se trate en mi caso de una sangre quizá menos espesa o de un color no tan fosforescente, sé que soy, como ellos, un crucificado, y que si no mana esa sangre desde mis heridas, no logro respirar.

“Artefactos” se publicó en 1972, por Ediciones Nueva Universidad, que pertenecía a la Universidad Católica.

Fue a principios de los 70 cuando Cristián Santa María -el ex cura con sonrisa de sátiro que oficiaba de editor de Ediciones Nueva Universidad, de la Universidad Católica de entonces- me ofreció diseñar una nueva obra de Nicanor.

A Cristián lo había conocido en la revista Desfile, creada por Genaro Arriagada. Él se ocupaba de la sección Cultura y yo del diseño. En esos años, Parra tenía un trato distendido con aquella Universidad Católica conducida por Fernando Castillo Velasco. 

Me llegó el ofrecimiento, entonces, y lo que le dije a Cristián fue que podíamos hacer, en lugar de un libro, una caja de postales para que los Artefactos circularan por los correos del mundo. Él aceptó. Mientras, Nicanor, que se había ido a los Estados Unidos, asentía vagamente y dejaba hacer. 

Recibí los originales de Nicanor garrapateados a mano, cada artefacto en una hoja. Trabajé mucho componiendo textos, recortando, pegoteando, dibujando, seleccionando grabados, semanas y meses, y mi nombre apareció al final bien pequeñito, citado en un texto de Cristián, dentro de un díptico con la foto del poeta que va en la caja, y que habitualmente se extravía. Yo gocé haciendo aquello que, más que un diseño, era para mí una acción de arte -es decir, un plácido sufrimiento o un doloroso goce- que me resultó una labor extremadamente sencilla y natural.

Mi acción de arte consistía en colocar los textos encendidos de Nicanor en mi ventilador visual, para que se dispersaran y siguieran, cada uno de ellos, su camino, su peripecia postal de mano en mano, de corazón destrozado en corazón destrozado. Y hasta hoy me enorgullezco de mis tipografías severas y de los grabados antiguos y de los dibujos o collages inexpertos que puse en los Artefactos, así manaba anónimamente mi sangre de oro, y así tejía también yo, como tantos otros de mi tribu artística, el interminable mimbre del arte.

Es curioso, pero con Parra no hablé sino al cabo de veinte años, en los noventa. Entonces fui varias veces a su casa en La Reina, conversábamos acerca de la eventualidad de una segunda edición, pero también de muchas otras cosas o incluso de nada: es un muy buen conversador, sabe escuchar y sabe hablar, tiene un sentido del tiempo, del reposo del tiempo. Y yo ahora soy muy parriano, aunque encuentro que si le dieran el Premio Nobel sería una mala señal, no puedo creer que esos suecos lo lleguen a entender jamás, porque el lenguaje de la tribu no soporta traducciones ni estandarizaciones. Igual podrían ser sabrosos unos artefactos o un discurso dedicados a esa extraña Academia.

Del resto del anonimato de los Artefactos se encargó el vicealmirante Jorge Swett Madge, nombrado rector delegado por los militares. Junto a su pro-gran canciller, monseñor Jorge Medina, Swett condujo durante doce años los destinos de la Pontificia Universidad Católica. Una de las primeras medidas dictadas por él fue ordenar la requisición de los Artefactos, y las cajas quedaron mucho tiempo en una bodega de la Casa Central, hasta que desaparecieron. 

Finalmente, puede agregarse que la poesía artefáctica de Parra está concebida para el anonimato, un anonimato popular en todo caso. Cada cual puede ilustrar o diagramar o escribir o comentar a su modo un texto parriano -yo fui sólo un comienzo-, porque ésa es la vocación de esos textos: no la de establecer la última palabra o la única palabra, sino más bien abrir conversación, plantear o modular un tema. Así como el poeta recurre al habla de la tribu, el destino de cada uno de sus epigramas es ir a dar al incesante torrente de ese hablar y ese manar de sangre, al tejido y destejido de los cuerpos que constituye nuestra existencia colectiva, el ser de la especie.

El (último) editor de Parra

En 2003, Matías Rivas (1971) se acercó a Nicanor Parra para decirle que quería publicar su traducción de El Rey Lear. Rivas había asumido hacía unos meses como director de Ediciones UDP y se propuso eso: publicar a Parra. Y lo consiguió. A partir de ahí comenzó una relación de confianza que se ha traducido en la publicación de seis libros del poeta. Y vienen más.




© Marcelo Segura

“Recuerdo que tenía 10 ó 12 años cuando leí por primera vez a Nicanor Parra. Era un buen lector, pero como todo lector niño, no me sentía muy cercano a la poesía: en el colegio me habían obligado a aprender poemas de memoria, lo que se tradujo en el típico trauma que todos tenemos con la poesía. Pero en algún momento encontré Obra gruesa en la biblioteca de mi casa y el título me gustó. Lo abrí, lo empecé a leer y no pude parar. Al principio, claro, tuve la sensación -que es la sensación fundamental de la poesía de Parra- de preguntarme: ¿esto es o no poesía? Pero, a la vez, lo que ocurría es que no podía parar de leerlo, porque eran como relatos que te obligaban a seguir y seguir. 

Esto fue a fines de los 70, principios de los 80, cuando Parra era un tipo consagrado, pero que sin embargo estaba muy silenciado, por una parte, por la dictadura y, por otra, por la izquierda (por el famoso tecito con la mujer de Nixon). Era, en ese entonces, una lectura bastante clandestina. No era fácil encontrar sus libros, pero la editorial Ganymedes en esos años publicó Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui y Hojas de Parra, y así podíamos leerlo.

Luego, en los 90, lo conocí. Fue en un almuerzo con Germán Marín, pero no hablamos mucho. Años después nos volvimos a ver, pero esta vez con un proyecto de por medio: yo había asumido la dirección de Ediciones UDP y quería publicar su traducción de El Rey Lear. Yo sabía que ese libro existía. Había visto un manuscrito en la biblioteca de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica. Entonces, fui a verlo a Las Cruces y le propuse publicarlo. Él ya había entablado una relación con la Universidad Diego Portales, así que me atendió y empezamos a conversar. Nos fuimos conociendo de a poco, y después empecé a llegar con Alejandro Zambra. Esto fue a fines de 2003. Lo visitamos varias veces y entre los dos logramos convencerlo. Zambra trabajó con él en la edición del libro. Descubrió que había más de 16 manuscritos de la traducción, así que trabajaron mucho hasta llegar a la edición definitiva. Luego le fuimos a dejar la maqueta final del libro, él dio el visto bueno y así pudimos imprimirlo. Apareció en 2004 y se tituló Lear rey & mendigo. 

Ahí empezó nuestro vínculo. En ese entonces Parra ya era un rockstar, pero había que reafirmarlo. Que pasara de ser un poeta a un tipo conocido por gente que incluso no leía poesía, y creo que eso se confirma en 2004. Había pasado antes, quizá, pero se reactualiza en ese tiempo, cuando Parra pasa a ser una lectura fundamental y entra en los libros más vendidos con Lear…

Esa foto que escogió Parra para la portada del libro, en la que aparece imprecando, fue una imagen precursora: no era un poeta que estaba con los brazos caídos. No. Era punk.

A partir de este libro entablamos una relación de confianza. Empecé a conocer sus costumbres y a tener el privilegio de compartir con él. Por eso fue una alegría lo que ocurrió con el libro, porque Parra no había publicado hacía mucho tiempo. El último libro que había vendido mucho era su antología Poemas para combatir la calvicie (1993). Yo era librero en ese tiempo y lo vendí mucho, pero después vino una especie de apagón hasta que apareció el Lear… y ya no paró más.

Después empezamos a trabajar en los Discursos de sobremesa -esta vez con Adán Méndez y Vicente Undurraga en la edición-, que apareció en 2006. Para mí es un libro fundamental, que ha sido poco y muy mal leído. Es un libro donde el hablante literario es Nicanor Parra, no como en sus otros libros. Por eso es fundamental para leer sus otros libros, porque además hay huellas biográficas y un mapa de sus lecturas.  Es lo más cercano que tenemos a su testimonio. 

Al año siguiente vino la publicación de La vuelta del Cristo de Elqui, que era un libro que no se encontraba, y que ha sido uno de los que más hemos vendido. Mi sensación es que Parra no le tenía tanta fe, pero ocurre que ahora toda una generación lo ha leído y releído sin prejuicios ideológicos, sin el famoso tecito. O sea, son datos que sin duda existen, pero hoy el contorno de Parra es otro. Son lectores que han entendido que uno de sus mayores legados fue el percatarse de que las frases hechas vienen en endecasílabos y que la forma en que vamos articulando discursos es a través de una cierta métrica, lo que resulta muy importante para el pensamiento. Son lectores atentos. Muchos de ellos llegaron a sus libros gracias a la generosidad de Bolaño, que nunca dejó de nombrarlo como uno de sus mayores referentes. Eso también fue muy importante para que se lo leyera de otra forma.

Yo creo que el Parra de los discursos, el de la traducción, el de las máscaras, el Parra político de Temporal (2014) no es el Parra que te enseñan en el colegio, sino que es alguien que está preguntándose constantemente por las palabras. Y si no ha ganado más premios es porque ha resistido las tentaciones de transformarse en un sujeto venerado por el poder. 

Sin embargo, una de las cosas que más me han sorprendido trabajando con él es su humildad y el tener siempre dudas hasta el final. Ahí, para mí, radica su genialidad. Por eso es tan importante esa imagen cuando lo leemos y nos preguntamos: ¿Esto es poesía? Y luego dices sí... Para algunas personas esa duda es grave, pero es parte fundamental de su trabajo. Con él nunca se acaban las preguntas sobre las palabras, lo que lo constituye como un poeta completamente vivo, contingente. Le interesa mucho el lenguaje actual. Sabe antes que uno qué palabras se están ocupando, la palabra que inventó Gary Medel hace poco, por ejemplo. Le interesan esas cosas. 

Ahora estamos preparando una edición de Poemas y antipoemas, que saldrá en unos meses con prólogo de Rafael Gumucio, y estamos barajando la posibilidad de sacar un volumen con la ‘antiprosa’. Hemos conversado harto con Nicanor sobre el proyecto. Aunque nada se resuelve de un día para otro. Como dice Nicanor: ‘Venga pa’ acá y aquí improvisamos’”.

Parra antes de Parra‏



Parra antes de Parra


Revista Qué Pasa, miércoles 13 de agosto de 2014

Nicanor Parra tenía 26 años cuando escribió René Descartes, tesis con la que optó al grado de profesor de Matemáticas y Física. El libro no está en el registro de sus Obras completas, pero en él encontramos las primeras señales de lo que sería la voz de la antipoesía. Ésta es la historia del libro inédito de Parra.



Es un libro rojo que estaba ahí, en una pequeña vitrina, en la entrada de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Chile. Un libro antiguo, precario, con una tapa delgada, un poco más de 100 páginas y un título grande que dice: René Descartes...

Los alumnos entraban a la biblioteca y uno que otro se detenía -en esos días de fines de 2012, inicios de 2013-, pero en realidad pasaban de largo y se sentaban y estudiaban y seguían en lo suyo, ya sin recordar el libro.

Varios de esos alumnos tenían la misma edad que el joven que muchos años antes -en la década del 30- había escrito ese libro rojo, titulado René Descartes: datos biográficos, estudios de su obra, juicios críticos, y que, sin saberlo, estaría entre los libros que escribiría después, cuando tuviera 30, 40, 50 años, y que cambiarían, para siempre, el rumbo de la poesía chilena. 

Era un libro de Nicanor Parra.

El libro que escribió en 1940, cuando sólo tenía 26 años y quería optar al grado de profesor de Matemáticas y Física, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile.

Una tesis que no parece tesis, sino que a ratos una novela encubierta sobre la vida y obra de René Descartes; un ensayo literario escrito con un lenguaje lleno de desparpajo y soltura, que por momentos parece incómodo en ese terreno de lo académico y que por eso se arranca, se desborda para dar paso a una escritura rápida y personal. La escritura del que sería el autor de Poemas y Antipoemas, el Premio Nacional, el Premio Cervantes, el candidato al Nobel, el hombre que lucharía para bajar del olimpo a los poetas, a la poesía.

René Descartes... es el segundo libro que escribió Nicanor Parra -después de Cancionero sin nombre (1937)- y que no está en sus Obras completas, sino que está ahí, guardado hoy en los estantes de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Chile. Una tesis universitaria que en realidad es otra cosa: el origen de una obra, escrita por Parra antes de ser Parra, antes de inventar la antipoesía.


                                                                                                           ***


El 14 de octubre de 1940 Nicanor Parra entrega la tesis. Por estos días, Ediciones UDP está en conversaciones con el poeta para publicar su trabajo en prosa, incluido este libro.

-En 2012 empezamos a revisar las distintas tesis que teníamos en la biblioteca y nos encontramos con varias, entre ellas la de Nicanor Parra, así que decidimos exponerla para los alumnos -cuenta Jeanette Concha, directora de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Chile. 

Fueron alrededor de seis meses, entre fines de 2012 y principios de 2013, que la tesis estuvo expuesta.

-La idea era que los alumnos supieran qué material hay en la biblioteca, que descubrieran esos libros, que a esta altura son patrimonio de la universidad. Y la tesis de Parra lo es. El libro se puede leer dentro de la biblioteca, pero no sacar del lugar -explica Concha.

A pesar de que la tesis está desde hace años, sólo había sido pedida en una oportunidad. Y, claro, puede ser que en realidad como texto científico quizá no aporte mucho, pero si uno la lee con un interés literario, por ejemplo, se encuentra con otra cosa. Con algo valioso. Con una rareza que ni los estudiosos de la obra de Parra conocían.

-Lo cierto es que éstas son las primeras noticias que tengo de la tesis de Nicanor Parra sobre Descartes, que no sólo es un pensador, sino que un prosista impecable, asombroso. Los primeros capítulos del Discurso del método son memorables, lo mismo que sus Meditaciones metafísicas y sus cartas y escritos varios. Creo que es un hallazgo lo de la tesis -dice Matías Rivas, director de Ediciones UDP, editorial que publica a Parra y que hoy está preparando un libro con la prosa del antipoeta, entre la que se incluiría esta tesis.

Tampoco el crítico español Ignacio Echevarría, quien estuvo a cargo de armar las Obras completas, tenía noticias de este libro. Se mostró sorprendido, de hecho, cuando lo contactamos para comentarle sobre esta tesis.

Y es que, por ahora, en ningún texto crítico sobre la obra de Parra hay registro de esta obra.Parece un libro que nunca existió, un relato de juventud, simplemente una investigación universitaria. Pero su valor es innegable: leer unas pocas páginas y sentir que ahí está latiendo lo que vendría después: el lenguaje de la tribu, la cadencia particular de la antipoesía, la fluidez del lenguaje. Parra. Nicanor Parra. El mismo que 14 años después publicaría Poemas y antipoemas.



                                                                                                        ***



“Así como cuando uno va al correo y en la calle se encuentra con un amigo y se va con él a dar una vuelta por la plaza, (resulta que) me he quedado yo a medio camino (en esta empresa). Como el muchacho que quiere levantar cien kilos y no puede con la mitad. Así me ha sucedido al acometer este trabajo que primitivamente se llamaba LA MATEMÁTICA CARTESIANA, o algo por el estilo, título que obedecía a la primera intención con que lo inicié”.

Así empieza René Descartes…Un joven Nicanor Parra, una voz autobiográfica, las primeras palabras que escribe en un prólogo donde nos anunciará las principales líneas que tratará en su tesis: la vida de Descartes, sus ideas, sus teorías. Un poco más de 100 páginas escritas con máquina de escribir, varias páginas corregidas con lápiz pasta, con la letra imprenta de Parra, como ocurre en ese primer párrafo con las palabras escritas entre paréntesis. Palabras tachadas. 

Luego sigue explicando los motivos por los que ha decidido escribir una tesis sobre Descartes y su figura y su obra, y no sólo sobre la matemática cartesiana. Escribe: “El tema se avenía con la asignatura que yo había estudiado sistemáticamente cuatro años seguidos. Además, la trascendencia filosófica de la cuestión se acomodaba con ciertas inquietudes que durante mis años de estudiante me han llevado a explorar algunas obras que no son las estrictamente escolares. Cabe decir, el asunto me gustaba y me hallaba en condiciones de abordarlo con cierta esperanza de no tomar el rábano por las hojas. Sin embargo, como cuando uno anda de compras y le falta en el centro la plata, me he quedado yo a medio camino”.

Ése será, finalmente, el tono de la tesis: entre la seriedad de una investigación universitaria y ciertas frases coloquiales que convierten el texto en un relato más personal. 

La tesis está dedicada a Amador Alcayaga, quien fuera rector del Internado Nacional Barros Arana, donde estudió Parra y donde trabajó como inspector, mientras iba a la universidad. Eran los años 30, en los que preparaba Cancionero sin nombre, en los que había creado, junto a unos amigos del internado, Revista Nueva, en la que publicó algunos de sus primeros poemas. Eran tiempos de lecturas surrealistas, de Federico García Lorca, tiempos de formación, en los que se repartía entre la poesía y sus estudios universitarios. En esos años escribió la tesis, mientras no sólo se formaba en el área de la poesía, sino también, sobre todo, en la filosofía, lo que le permitía analizar la obra de Descartes sin miedos, sin guardarse opiniones. Escribe: “Intentó entregarnos un sistema que nació antes de tiempo. Pronto cayó en descrédito. El cartesianismo es hoy día un arrinconado cadáver de biblioteca. Pero esto no daña la gloria del filósofo. Le bastó el Discurso del método, en donde echa en forma definitiva las bases del racionalismo, para consagrarse en un eminente sitio de inmortalidad”.

Los mejores momentos de la tesis, sin duda, son cuando se dedica a narrar, cuando usa imágenes desconcertantes como ejemplos, cuando evita replicar el lenguaje de los otros filósofos y él se adueña de las ideas,  como en este párrafo en el que describe a Descartes: “Estatura escasa, cabeza grande, abundante y caída cabellera negra. Rostro ovalado, frente alta y ancha, ojos separados, severos y meditabundos, boca grande, belfo el labio inferior. Nariz prominente,  bigote y perilla al uso de los militares. Traje negro y sencillo. Metódico en su trabajo y en su economía”. 

Está la ironía de Parra a lo largo del texto, está la mirada crítica también, y la lucidez, por supuesto.

Entrega la tesis el día 14 de octubre de 1940 al profesor Carlos Videla. El texto tiene un epígrafe que dice: “La ciencia aborda el mundo de lo real. La filosofía, además, el de lo posible”. No anota de quién es la frase, pero ahí está el libro, corregido, entregado. Años después irá a estudiar a Estados Unidos un posgrado en Física y luego se convertirá en uno de los poetas más importantes de Chile. Pero eso no lo sabe el joven de 26 años que, seguramente, fue feliz a entregar la tesis para poder convertirse en profesor. No es difícil imaginarlo: entregar la tesis, sentirse tranquilo, quizás ir a celebrar con sus amigos del internado, pasar la tarde en eso, en la alegría. 14 años después iba a publicar Poemas y antipoemas y su vida sería otra.

miércoles, 16 de julio de 2014

CRONOS (Nicanor Parra)



En Santiago de Chile
Los
      días
            son
                 interminablemente
                                              largos:
Varias eternidades en un día.

Nos desplazamos a lomo de mula
Como los vendedores de cochayuyo:
Se bosteza.  Se vuelve a bostezar.

Sin embargo las semanas son más cortas
Los meses pasan a toda carrera
Ylosañosparecequevolaran.

sábado, 5 de julio de 2014

El poeta inextinguible



Un sorprendente hallazgo, el poema Temporal, nos pone en pie de celebración muy poco antes de que Nicanor Parra cumpla 100 años.
FUE el poeta Adán Méndez quien por pura casualidad dio con Temporal, el magnífico poema de Nicanor Parra que estuvo perdido por 25 años.Revisaba Méndez unos casetes en los que el antipoeta conversaba con René de Costa, cuando, caramba, surgió la voz de Parra declamando no una, sino dos veces, el texto completo de una obra que se suponía extraviada. Los versos correspondían a Temporal, poema extenso que, entre otras cosas, habla de las inundaciones que afectaron a la ciudad de Santiago en 1987 y que, visto en perspectiva, establece una especie de preámbulo a la portentosa voz que Parra estrenaría en sus Discursos de sobremesa, libro publicado en 2006 (los textos allí contenidos están fechados entre 1991 y 1997).
Es precisamente la variedad de voces que confluyen en Temporal la que le da a este libro el carácter de único. Aquí, hasta el río Mapocho tiene algo que decirle al lector. Tras declarar que es “turbio por fuera pero cristalino por dentro”, el Mapocho concluye que “por enormes que sean las ofensas / Acepto la basura / Toda la ñoña de la población en silencio / De cuando en vez eso sí / Me disfrazo de río caudaloso / Para asustar a los asustadizos / Entonces es el rechinar de dientes / En mi sagrado derecho que estoy me parece / De reclamar lo que siempre fue mío / ¿O no, dicen ustedes?”.
parra.jpg
Aquellos lectores que por razones de edad no tengan mayores referencias del terrible invierno santiaguino de 1987, encontrarán en este libro algunas de las claves no tan sólo de la cruenta estación, sino que de toda una época que llegaba a su fin. Quienes, por el contrario, aún conservan frescos en la memoria los sucesos de aquel año infausto, sabrán apreciar el tremendo valor documental del poema. La memoria, la memoria colectiva, se ve remecida con estos versos, y es por eso que uno llega a pensar que tal vez fue para mejor que Temporaldesapareciese por algunas décadas y reflotara hoy.Pocas veces un texto poético había conseguido dar ecos testimoniales con igual profundidad, acierto y humor.
En un poema titulado Urgentemente se necesita, el hablante requiere “Alimentos no perecibles / Hechos además de palabras”. Luego, en No culpemos a nadie, el que escribe alude precisamente a lo contrario: “Alguien que hizo todo de la nada / Quiere que ocurran estas tonteras”. Más adelante, en Miren, surge una imagen memorable: “Nunca se había visto nada igual / Una avioneta amarrada a un sauce / Para que no la arrastre la corriente”. Temporal concluye con Opiniones del hombre de la calle, una serie de 21 alocuciones en las que Parra, efectivamente, logra uno de sus más ambiciosos objetivos, el de convertirse en “la voz de la tribu”. En una de ellas se insta a lo siguiente: “Hagamos una vaca / Para ayudar a los damnificados / Que Don Francisco se haga cargo del muerto”.
Como cabía esperar de un cuadro de época completo, el trasfondo político no está ausente de los versos de Temporal. Además de varias alusiones a aquellos gobernadores coloniales que consiguieron detener la furia del Mapocho, alusiones que en ocasiones sirven de contrapunto con el actuar del gobierno del momento, las pullas a la actualidad de 1987 (el fin de la dictadura) son notorias: “Derrotaremos a la naturaleza / Tal como derrotamos a los marxistas”. Y en un poema titulado No se dejen engrupir por los comunistas, la ironía es lancinante: “Ustedes saben que esos son capaces / De aprovecharse del dolor ajeno / Para sacar dividendos políticos / El gobierno verá lo que se hace / Por el momento calma y buena letra”.
La oportuna publicación de Temporal, un poco antes de que Nicanor Parra cumpla 100 años de edad, puede llevarnos a pensar que entre todas las celebraciones que lo homenajearán como corresponde, el antipoeta se las arregló, una vez más, para darle un giro sorprendente al asunto: somos nosotros, sus lectores, los que hemos recibido el regalazo.